Taller de Arquitectura en Familia. Música y Japón.

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Hemos disfrutado mucho en la preparación y realización de este taller.

En esta ocasión nos hemos dado más tiempo para idear y promocionar la actividad. Nos encanta la fase de creación de talleres. Nos gusta buscar, admirar y descubrir todo lo que puede enriquecer lo que vamos a hacer. Miramos, leemos, escuchamos y hablamos mucho. Este intercambio de propuestas, de ideas, de ilusiones, de lecturas, de posts o de tonterías entre los miembros de La casa de Tomasa, nos parece una de las partes más divertidas de nuestro trabajo. Para nosotros también es muy importante el desarrollo del curso de pequeños arquitectos para diseñar el taller en familia. Pues eso, que como esta vez hemos estado más tiempo, pues mejor lo hemos pasado.

En el tiempo que hemos dedicado a promocionar nuestro trabajo, también hemos gozado re visitando amigos, encontrándonos con otros y descubriendo personas que valoran el proyecto.

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Felices por ver a las personas apuntadas al taller, comenzamos la presentación. Las dos reglas básicas para pasar la mañana son: disfrutar y no molestar. Son dos reglas sencillas, fáciles de entender y muy prácticas.

Como en este taller pretendíamos combinar la música con los arquitectos japoneses, empezamos a caracterizarnos de auténticos nipones. Para ello, nos pusimos un “hachimaki” (“hachi”:frente y “maki”:cinta) en la cabeza para infundirnos valor y fuerza. Esta cinta representa perseverancia y voluntad de éxito.

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Iniciamos el taller con la música. La relación con el entorno empieza con las personas con las que vamos a compartir la mañana. Así que, cada uno eligió el rotulador del color que más le gustó y se lo entregó a otra persona a la que se presentaba.

Con estos rotuladores íbamos a interpretar gráficamente una canción que sonaría a continuación.

Tres paredes de una habitación, amplia y bien iluminada, estaban cubiertas de papel continuo blanco. Los adultos comenzaron por un extremo del papel y los niños y las niñas por el otro. La propuesta era ir trazando una linea en el papel con la forma que la música sugiriese en cada momento. Las reglas también eran sencillas: Nadie se podía detener en un punto y tampoco se podía despegar la punta del rotulador del papel.

La canción era Itsumo Nando Demo, de Joe Hisaishi, de la banda sonora de la película “El viaje de Chihiro”, que en algún momento dice: “dibujemos los sueños siempre, muchas veces”.

Se produjo uno de esos momentos especiales. Todos estaban en silencio, sintiendo la música que entraba por sus oídos y se prolongaba en el papel a través de los rotuladores que movían sus manos.

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Luego, nos sentamos en medio de la habitación e intentamos seguir nuestra linea o la de los demás mientras se repetía la canción.

Para seguir disfrutando, apagamos la luz y nos pusimos cómodos. Era el momento de escuchar lo que la música nos decía.

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Papageno, el personaje de la Flauta mágica de Mozart, nos traslado su alegría con el tartamudeo. A continuación Bach, con varias de sus obras, nos permitió distinguir entre varios instrumentos y los sonidos que produce cada uno. Con el piano, además, apreciamos la diferencia entre andante, allegro y presto. Haydn nos sorprendió con su órgano y seguimos la aventura con Vivaldi. Este compositor nos enseñó que la música puede tener color, olor, sabor, peso o temperatura. Con Purcell se nos hizo de noche y recorrimos las cuatro estaciones hasta acabar tiritando de frio en el invierno. Con Saint Saens escuchamos a un cuco, a muchos pájaros, a gallos y gallinas, tortugas caminando, un león bostezando y nos sumergimos en un acuario.

Llegó otro instante precioso cuando los niños y niñas con los ojos muy abiertos escucharon la historia de la princesa Turandot y de su pretendiente Calaf. Creemos que disfrutaron escuchando a Pavarotti interpretando el aria en la que Calaf canta convencido que al alba… vencerá.

Emocionados, empezamos la presentación de 4 equipos de arquitectos japoneses que han sido galardonados con el premio Pritzker: Tadao Ando, Sanaa, Toyo Ito y Shigeru Ban. Les contamos qué caracteriza su arquitectura y vimos fotografías de las obras que mejor los representan. Nos sigue impresionando la atención con la que las familias siguen las explicaciones sobre arquitectos y sus obras.

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Para seguir con Japón, cada uno hizo una rana con “origami” o el arte del doblado de papel. A estas ranas había que buscarles un lugar para vivir.

El mejor sitio que se nos ocurrió fue un jardín japonés. Cada uno diseñó y construyó el suyo con los elementos que no pueden faltar: el agua, la isla, el puente, la casa del te o la linterna y la vegetación.

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Como siempre, nos alegra comprobar la capacidad de imaginar y de utilizar los materiales que les proporcionamos para diseñar y hacer con sus manos.

Preciosos sus trabajos y preciosa la mañana. Otro gustazo más con La casa de Tomasa gracias a los niños, las niñas y los mayores que asistieron al taller. Gracias a todos.

Nos vemos el mes que viene.

 

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