Un paseo para TRAZEO

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El sábado, 4 de Enero, pasamos una mañana espectacular.

Los días anteriores habían estados pasados por agua y todas las predicciones daban un 100% de precipitaciones para esa mañana. Como teníamos previsto caminar por el centro de Córdoba con un montón de niños, pues resulta que abrió. No llovió y la temperatura fue más cálida de lo esperado.

Coincidimos con Paz Posse, directora de educación del Parque de las Ciencias de Granada, que la arquitectura no se puede disfrutar haciendo una gymkana. Hay que hacerlo con pausa, registrando toda la información y toda la emoción posible a través de nuestros sentidos, sin prisas. Así nos tomamos esa mañana en La casa de Tomasa.

Sin prisas, tomamos unos cafés con Fernando Hidalgo que con su modo de hablar sosegado y paciente también ayudó a poner un ritmo adecuado a la mañana. Montamos nuestro tenderete en una de las mesas de la cafetería y como “arquitectos callejeros” empezamos la actividad. Los padres y las madres sabían en todo momento por donde andábamos. Les estuvimos enviando a sus teléfonos móviles distintos sonidos y frases que identificaban por dónde íbamos pasando.

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 Empezamos el camino en la plaza de las Tendillas, donde escuchamos el sonido del agua y el del batir de las alas de las palomas. Empezamos a descubrir como suenan las suelas de nuestros zapatos y botas en contacto con el suelo al andar, saltar o arrastrarlas.

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Caminando por la calle Jesús María, seguimos escuchando el murmullo de la gente y a nuestros paraguas arañando las baldosas. En esta calle está el teatro Góngora, donde antes estaba la iglesia del antiguo Convento de Jesús y María y que el arquitecto Gutiérrez Soto hizo allí el cine Góngora “cine moderno” y que actualmente, después de su última restauración se convertía en teatro después de muchos años de abandono.

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Un poco más abajo nos encontramos con el Conservatorio Superior de Música y con su puerta “galleta”. Aunque nuestros paseantes le encontraron más similitud con un gofre al que enterrar en chocolate, caramelo y nata.

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 Al doblar por Alta de Santa Ana, las paredes se acercan y la calle se estrecha, de manera que nuestros pasos suenan de una forma diferente. Ya no se escucha la gente y solo al final de la calle podemos advertir el sonido del viento entre las ramas y las hojas de los árboles. Como vamos con niños y niñas, recorremos toda la calle saltando, zapateando y escuchando el efecto del sonido al rebotar contra las paredes.

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 Al bajar por la cuesta de Pero Mato, solo se escuchan nuestros pasos bajando por los peldaños de la escalera de “chino cordobés” que nos lleva a la plaza de Jerónimo Páez, donde se encuentra el Museo Arqueológico.

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En esta plaza, llamamos a la puerta del Palacio del Duque de Medina Sidonia… pero no nos abrieron. Así que, nos detuvimos a escuchar otra vez el agua de la fuente, el viento jugando con las copas de los árboles y las motos, perros y pájaros que también sonaban.

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Esta plaza formaba parte de un teatro romano, concretamente donde se desarrollaba la escena, mientras el público se encontraba en la gradas situadas donde actualmente están las escaleras por las que acabábamos de bajar. Con imaginación alguno pudo escuchar romanos mientras nos dimos cuenta que la puerta del Museo Arqueológico tiene forma de arco triunfal.

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Seguimos jugando y recopilando sonidos que los niños y niñas habían escuchado hasta que llegamos a la calle San Fernando, para cruzarla. Esta es la primera calle del recorrido por donde pasan coches y se nota. El sonido de coches, motos y autobuses no es muy intenso en este tramo pero contrasta con el silencioso ambiente de las callejas que hemos dejado atrás.

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Llegamos a la Plaza del Potro, llamada así por ser, antiguamente lugar de un mercado caballar. Con los niños y niñas analizamos la plaza. Vemos sus dimensiones, su forma, su antigua función, su historia, su relación con el río y con los oficios que se desarrollaban allí, los edificios que estaban y los que no estaban y ahora están y reducen a la mitad las dimensiones de la antigua plaza.

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 En esta plaza se encuentran el Museo de Bellas Artes y la Posada del Potro (actual Centro Flamenco Fosforito), donde entramos para seguir buscando sonidos. Allí descubrimos el canto de unos pájaros muy educados, que cuando hablábamos callaban y cuando callábamos cantaban o quizás nos respondían buscando conversación. El sonido del taconeo de nuestros paseantes en el tablao dispuesto en el patio de la posada, indica cuanto tenemos aún que aprender de los flamencos que bailan. Fue atronador pero poco acompasado.

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Callejeando llegamos a la Plaza de las Cañas, llamada así por las justas de caballeros que allí se celebraban utilizando como armas las cañas del río Guadalquivir. Por esta plaza accedemos al Mercado de la Corredera y allí, mientras preguntamos a los pescaderos y pescaderas el precio de boquerones, gambas y mejillones (que caros están los boquerones), se oía el rumor de las conversaciones, el trajín de platos y tazas de un bar y hasta el chocar de las conchas de las almejas cuando las coge el pescadero. Fue realmente divertido ver a los chicos y chicas desenvolverse en el mercado y la simpatía de los comerciantes mostrando sus productos.

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Por la puerta principal salimos a la Plaza de la Corredera, única plaza de tipo castellano que hay en Andalucía y que también hizo funciones de plaza de toros en otros tiempos. En esta plaza se escuchan niños jugando y corriendo, pasos y charlas y risas de la gente sentada en los veladores que inundan uno de los laterales de la plaza. Nuestra risa y nuestra carrera también se escuchó esa mañana en la Corredera.

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Volviendo a las Tendillas, por la acera y con cuidado de los vehículos, visitamos el Templo romano.

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Más gente, más vehículos… menos viento, menos pájaros, menos atención al sonido de nuestros pasos. Ya se escucha el rasgueo de guitarra del reloj de la plaza. Ya hemos llegado.

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Gracias a Fernando Hidalgo, Pedro Pérez y Eva Puche por su ayuda y por disfrutar con nosotros. Y a Lerner y Tonucci por enseñar.

 Un buen amigo nos dice que le gusta lo que hacemos en La casa de Tomasa porque es exportable, porque lo puede volver a hacer con sus hijos cuando quiere. Por supuesto, nos encanta. Quizás de todos los talleres que hemos propuesto, éste sea el más “exportable”. Solo hace falta una ciudad que pasear, la sensibilidad para escuchar aquello a lo que no prestamos atención normalmente y gozar con cada paso que damos, dejándonos emocionar con los sonidos de la ciudad.

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