La ciudad para los niños y las niñas. ¿Puedes oírla?

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Cuando un niño/a viene al mundo lo primero que hace es llorar, gritar, llenar sus pulmones de aire por primera vez y ese sonido, ese llanto jamás se olvida. Del mismo modo iniciaremos nuestro acercamiento a la arquitectura, nuestro paseo por la ciudad, con el sonido de la arquitectura, con el sonido de la ciudad.

 Las ciudades tienen sus sonidos. Cada ciudad tiene un sonido natural. El sonido natural forma parte de la identidad de la ciudad. El arquitecto Jaime Lerner, lo expone de la siguiente manera en su libro Acupuntura Urbana: “Ferrara, Italia, es una ciudad que goza de un silencio que permite oír los sonidos de la ciudad. O sea, no es un silencio total, pero no se profana el sonido natural de la ciudad. Se pueden oír las conversaciones, el sonido ambiente de la ciudad. Eso aumenta la belleza de Ferrara. El sonido de una ciudad no tiene nada que ver con su escala, ni con la ausencia de ruido. Barcelona es una ciudad ruidosa, pero ese es su sonido en estado puro, el normal. El sonido de la Ramblas, de las conversaciones, forma parte de la identidad de la ciudad. En medio de ese tumulto, en Barcelona también existe un silencio que nos permite escuchar el sonido propio de la ciudad. Los ejemplos de Ferrara y Barcelona hablan de días normales. Tratan del sonido que forma parte del día a día de las ciudades; pero hay ciudades que, en ciertos días, días especiales, también tiene sonidos especiales. Poder escuchar ese sonido, en esas ciudades, es un momento mágico.

 En el día del Yom Kippur, en Jerusalén, se puede escuchar el sonido de este momento mágico. Poco a poco, la ciudad se va quedando en silencio, los ruidos disminuyen, los sonidos dejan paso a los susurros. Los coches se paran. Simplemente, no hay ninguno. Nada de ruido de camiones, autobuses, camionetas, nada, absolutamente nada circula por las calles. Un susurro invade la ciudad y las personas andan silenciosamente. Nada que haga ruido. Las conversaciones producen una especie de murmullo. Un santo susurro. Cuando el Yom Kippur se está acabando, se espera que aparezca la primera estrella. Las personas se dirigen hacia el inmenso patio del Muro de las Lamentaciones, a la espera del sonido del shofar. Trompetas que derribaron murallas ahora tocan para un pueblo que fijó su identidad en ese muro. Algunas piedras. Durante milenios esas piedras fueron una referencia.

En Estambul viven un momento mágico todos los días. Al atardecer, cuando los musulmanes empiezan sus oraciones, se hace un silencio repentino. El silencio que permite escuchar el sonido de la ciudad a esa hora especial. Es una transformación instantánea e increíble. Una metrópolis agitada, dinámica, con casi diez millones de habitantes, de repente se queda completamente es silencio. Una voz resuena por todos los minaretes. En ese momento, el sonido de la ciudad es la comunicación de la fe.

Una buena acupuntura del silencio es permitir que el sonido normal de las ciudades se escuche. Provocar el silencio para depurar el verdadero sonido. Afinar el sonido de la ciudad.”

 Lerner dice que hay canciones que cuando hablan de una ciudad, parece que estén dibujando la ciudad para ti. La música hace que surja una fotografía de la ciudad en tu mente. Pero la melodía de Antonio Carlos Jobim hizo que una ciudad pareciera mejor. Y pareciendo mejor, se convierte en mejor.

Tan solo habrá que cerrar los ojos y escuchar a la ciudad, al barrio, a la calle, a la plaza, al mercado con sus vendedores colocando los puestos y llamando a la clientela, al colegio en el bullicio de los pequeños a la salida o la hora del recreo detrás de una tapia, a las campanada de una iglesia cercana, una manifestación ante el ayuntamiento, una bandada de pájaros que invita al recogimiento en el atardecer de un parque, la sirena de una ambulancia próxima a un hospital, el centenar de voces en distintas lenguas alrededor de la Mezquita en Córdoba, el correr del río y el soplar del viento por la ribera, hasta el silencio que se produce cuando se cierran las tiendas y los coches se alejan del centro de la ciudad. Todo esto y cualquier otro sonido que exista en nuestra cabeza forman parte de la identidad de la ciudad. Los sonidos de la arquitectura nos van situando y describiendo en dónde estamos, como se organiza una ciudad, como crece y por dónde se desarrolla, como vive nuestra ciudad.

La propuesta de “La ciudad para los niños y las niñas. ¿Puedes oírla?”, es sencilla: Un paseo en grupo de 10 o 12 niños y niñas de diferentes edades (de 5 a 11) por varias calles y plazas de Córdoba de una hora de duración, escuchando la ciudad.

Creemos que para sentirse integrado en una ciudad, hay que conocerla. Que para admirarla, vivirla o criticarla hay que conocerla. Que para transformarla a nuestro gusto primero hay que conocerla. Si andamos por las calles sin prestar atención al sonido, limitamos la información que podemos tener acerca de nuestro entorno. Vamos a escuchar. 

 perdonen-las-molestias

Francesco Tonucci, pedagogo italiano al que admiramos y suponemos que ya conocéis, cita un estudio localizado en Suecia que concluye que “el tiempo más peligroso del día para un niño es el que pasa en el coche con sus padres”. Además propone que las ciudades estén estructuradas y pensadas para los más pequeños, “protegidos” por sus mayores.

Por el contrario, Tonucci describe la ciudad en los siguientes términos: “En las últimas décadas, debido a la elección del ciudadano adulto y trabajador como parámetro de desarrollo y de cambio, la ciudad ha perdido una de sus características originarias, la de ser un lugar de encuentro e intercambio entre las personas. Ha renunciado a los espacios públicos que como punto de encuentro y de intercambio eran imprescindibles. Los patios, las aceras, las calles y las plazas han adquirido cada vez más, funciones asociadas al automóvil y al comercio, quitándoselas a los ciudadanos. La ciudad ha renunciado a ser un espacio compartido, en el cual cada parte necesita de las otras, para destinar espacios definidos a funciones y clases sociales diversas, construyendo ghetos y zonas privilegiadas, vaciando los centros históricos dando vida a las modernas periferias. Las ciudades se han modificado y se han transformado en un ambiente malsano para la salud, debido a la contaminación atmosférica y acústica, a que están sucias y son peligrosas.

La ciudad que propone no es peligrosa. Se trata de la Ciudad de los Niños y debe cumplir dos requisitos. El primero es renunciar a hacer parques y otros espacios para niños. En el momento en que la ciudad inventa espacios para niños está excluyendo a los niños de los espacios que deberían ser para todos. Aunque hoy en día no son para todos, son para los coches.

El segundo es garantizar a todos los ciudadanos la posibilidad de moverse en su propia ciudad con seguridad. Para conseguirlo, hay que dar la vuelta a la jerarquía. En vez de intentar mejorar el tráfico, garanticemos primero la movilidad de los peatones. Después de los peatones, nos ocuparemos de las bicicletas y luego del transporte público. Los coches tienen que ser los últimos. Dando la vuelta a la jerarquía afirmamos que los primeros y los dueños de la ciudad son los peatones.

Acerca de la movilidad Tonucci escribe: “La movilidad de los niños, que hasta hace pocas décadas era parecida a la de sus padres, hoy en día casi ha desaparecido, mientras que la de los adultos ha aumentado muchísimo. Hoy los niños no pueden salir a la calle porque sus padres se mueven demasiado transformando las calles y los espacios públicos de la ciudad en espacios peligrosos. La ciudades mueren por el tráfico. Mueren porque el automóvil cuenta más que sus dueños y es difícil, a veces imposible, moverse a pie en nuestra ciudad. Los niños son peatones puros, no tienen otra alternativa y entonces protestan y piden a los administradores permiso para poder salir de casa, para cruzar la carretera, para utilizar las plazas sin que sus padres tengan miedo. En las experiencias realizadas desde hace casi diez años, se ha comprobado que la presencia de niños por la calle, para ir a la escuela o para buscar a sus amigos e ir a jugar, desarrolla en los adultos actitudes sociales de responsabilidad y de protección que funcionan proporcionando seguridad para los niños”.

“La desaparición de los niños de las calles afecta mucho a la ciudad; la ciudad sin niños es peor”, apunta Tonucci, quien resalta que “los adultos somos peores si no nos controlan los niños, peores como personas, como conductores, etc. y la ciudad se hace más insegura”. Paradójicamente, “no dejamos salir solos a los niños, pero la calle es peligrosa porque no hay niños”.

Tonucci sigue diciendo: “El primer paso para devolver la autonomía a los niños de seis a once años, es pedir que vayan a la escuela y vuelvan a casa sin ser acompañados por las personas adultas.
Esta actividad, hasta hace veinte, treinta años era absolutamente normal, hoy se considera imposible. Para realizarla es necesario un trabajo lento, respetando el miedo de las familias, para ello, es necesario la ayuda de diferentes colectivos ciudadanos que permitan reconstruir unas condiciones ambientales y sociales favorables.
Para alcanzar un desarrollo adecuado de los niños no es suficiente que esta actividad tenga éxito, es necesario también ayudar a la reconstrucción en los barrios de un ambiente solidario y respetuoso con los grupos sociales más débiles”.

“Es un experiencia complicada pero funciona, y da muchas satisfacciones tanto a los niños como a las familias que descubren que tienen hijos más capaces de lo que creían”, destaca el psicopedagogo, que asegura contar con años y años de este tipo de experiencias sin que se hayan registrado accidentes.

Tonucci destaca la importancia de la familia de la siguiente manera“La experiencia tendrá éxito cuando las familias reconozcan que ir solos a la escuela es posible y aceptable para sus hijos y sus hijas. Por tanto, es necesario implicar a las familias desde el primer momento, haciéndoles entender qué importante es para sus hijos recuperar un poco de autonomía, así como para el barrio recuperar la solidaridad social, asegurando a todos que la iniciativa, solo se iniciará cuando todos estén convencidos de su valor. Los padres y madres más favorables y predispuestos a la iniciativa podrán formar un comité para el estudio de las medidas necesarias para hacer que los itinerarios sean seguros y para vencer la resistencia de las familias más reacias. 
Una Mamá, después de haber permitido a su hijo de 10 años ir solo caminando a la escuela, escribe: “Esta novedad lo ha transformado, de repente en más consciente de sus posibilidades y de sus responsabilidades, y yo me he sentido importante en la vida de mi hijo, porque finalmente era en grado de hacerlo sentirse autosuficiente, sin la mamá y sin el papá”.

Nos parece muy interesante la idea de que toda la sociedad estamos implicados en este cambio: “La implicación de las asociaciones ecologistas, de los comerciantes, de los artesanos y de la tercera edad, puede favorecer la sensibilización del ambiente social de los barrios que participan en esta iniciativa. La reconstrucción de un ambiente solidario y cooperativo es uno de los objetivos de esta iniciativa y una de las necesidades más agudas de las ciudades de hoy en día.
Los abuelos y las abuelas podrán ayudar a cruzar la calle en los puntos de más peligroso; los comerciantes y los artesanos podrán ofrecer sus locales como puntos de referencia para las eventuales necesidades de los niños que se mueven solos. Una categoría de ciudadanos que merece la pena implicar son los adolescentes de la escuela secundaria pidiéndoles una especial prudencia con las motos y su participación para favorecer la autonomía de los más pequeños.
Cada vez son más los pediatras que recomiendan que los niños puedan caminar e ir a jugar libremente, sea para evitar la obesidad infantil sea para desarrollar una buena capacidad de respuesta y de reacción con respecto al ambiente.

(Las reflexiones de Francesco Tonucci están extraidas de la web: http://www.lacittadeibambini.org/.)

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Esta propuesta de La casa de Tomasa, nace de la reflexión sobre el libro Acupuntura Urbana de Jaime Lerner y de la lectura de diferentes artículos y entrevistas a Francesco Tonucci, unida a nuestra experiencia como arquitecta, educadores, padres y ciudadanos.

Proponemos a los padres y madres que permitan a sus hijos e hijas caminar por varias calles y plazas del centro de la ciudad, durante una hora, escuchando los sonidos que sean capaces de percibir.

Utilizando la tecnología que nos brinda el equipo de TRAZEO, los padres y madres sabrán en todo momento donde están los paseantes. Iremos enviando archivos sonoros y fotografías de los sitios por los que vayamos pasando.

Defendemos que todos los niños y niñas son inteligentes y sensibles. Esto unido a su capacidad de imaginar y de disfrutar del juego harán de esta actividad algo inolvidable.

Además, es un regalo de La casa de Tomasa para los que apoyen económicamente el proyecto TRAZEO, Caminos escolares, que es lo realmente importante de esta actividad.

Os esperamos a todos el sábado!!

 

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